Los días de Julio comienzan de una manera particular, con un desayuno bastante cargadito. Unas tazas de té, tostadas con manteca y un cóctel mágico. Ese combinado es el fundamento de la vida que lleva Julio. Nadie intenta develar el significado oculto de su brebaje mágico: es la fórmula secreta que le permite encarar el día a día. Por eso cuando se olvida de ingerirlo, Julio pierde su mística.
Sus ojos siempre miran de una manera entre-abierta, como sofocados por un cansancio constante y con un tinte particular, como de angustia. Cualquiera puede notar algo raro en su mirada. Y así es que -efectivamente- la gente lo mira raro.
Capaz eso podría justificar su comportamiento de reclusión: es un tipo solitario. Sin embargo cuando está solo, no se deprime. Piensa. Y si se lo ve concentrado es porque seguramente esté, en ese mismo momento, creando. Es que Julio es un artista. Julio César para ser más exactos. Y como tal, su virtud no se deja influir por lo corriente. Y así es que su mente tiene un vuelo que le es propio, incomprensible por cualquier mente racional.
En realidad muy pocas cosas lo atan a los parámetros de este mundo racionalizado. Su deber de padre no es una de ellas. Es que su mente está muy ocupada: aguarda con plena atención esos pasajeros momentos de lucidez que la vislumbran. Por eso Julio se pierde del ahora ante la expectativa de un corto pero resplandeciente porvenir. De ese modo se ausenta -en lo terrenal- y se queda expectante en el más allá, como a la espera de la luz.
Pero no ha sido así eternamente. A pesar de haber sido siempre una vívida tensión entre razón y locura, en ese entonces su alienación no era un estado sino que se sucedía en forma de pequeñas dosis aisladas. Por eso hoy sus hijos pueden comprender su comportamiento al hilarlo con su pasado, con sus gérmenes.
En esos tiempos, los momentos de gloria terrenal, Julio fue un creador de formas, un arquitecto. Hoy está jubilado, pero sólo del mundo convencional. Porque él sigue creando. Su casa es la exposición viviente- y permanente- de sus obras. Todas ellas se encuentran desperdigadas en su interior: lámparas, cuadros y pequeños adornos. Ninguna de sus piezas es convencional. De hecho nada de lo que hace tiene algún grado de normalidad. La peculiaridad de sus creaciones no sólo se reconoce en las piezas chatarra que las encarnan, también responde a su técnica. Es que su diseño se adapta al objeto, no lo transforma ni lo fuerza: lo escucha. Me resulta un tanto obvio - pero necesario- aclarar que no hace lucro con su arte. Sí, en cambio, siempre está dispuesto a regalarlo. Un auténtico partidario del arte por el arte.
Éste cartonero creador es un porteño a medias. Nació en Caballito pero Campo de los Andes, Córdoba capital, San Luis y Junín fueron las ciudades-testigo de su infancia. A lo largo de su vida siempre le costó hacer amigos, es que sabía que no viviría por mucho tiempo en un mismo lugar. Su familia estaba sólo dos, tres o cuatro años en cada ciudad. Por eso a los amigos que se hacía les decía, al despedirse, hasta siempre. “Porque no volvíamos”-dice. Esa es la vida que lleva el hijo de un militar. Solitaria.
Julio habla de su padre, el Coronel, como un extraño que caminaba por la casa. “Cuando el viejo se enojaba le entraban períodos de mudez y había veces que podía estar hasta un mes sin hablar”. Y como el Coronel se enfurecía seguido, no hablaron casi nada. Por eso el orgullo de su padre le costó a Julio la ausencia de un referente en la vida.
Sin embargo esto no le afectó tanto. Hay que agradecersélo a su madre, Maria Elisa Escribanis. La complicidad de ésta señora con sus hijos, cuando el Coronel se ofuscaba, fue una constante en la vida de Julio. Él y sus hermanas la adoraban por ser una mujer graciosa, extrovertida y extremadamente cariñosa. Es así que “China”, como ellos la apodaban, se lleva todos los créditos de quién Julio es hoy.
Lástima que ella no haya llegado a conocer al Julio actual. Sí, lo es. Sin embargo vivió para saber por qué hoy –a veces- lo apodan “el escribano”. Es un sobrenombre exclusivo, que encierra una anécdota añeja. Data del 55´, la época de la Revolución Libertadora. En ese entonces Julio cursaba el primer –y único- año de la carrera de aviación militar, era un cadete del escalafón técnico. En una de las tantas oportunidades en las que Julio debía presentarse ante sus superiores, en vez de decir “cadete” dijo -a causa de sus nervios- “escribano Schiaffí”. Desde entonces así se dirigen a él como una manera afectuosa de recordar aquél torpe incidente.
Tiene muchas otras anécdotas de la escuela de aviación. Pero su memoria lo traiciona. El único recuerdo que tiene presente es el de un personaje en especial: Saavedra, un muchacho de tercer año que le hacía la vida imposible. “Me tomó de punto”-dice. Hace unos días se lo cruzó en un supermercado de Vicente López, el barrio donde vive. Cuando le preguntó si lo recordada Saavedra contestó que sí. “Usted no tenía pasta para militar”- le dijo. Luego lo felicitó por haber cambiado a la carrera de arquitectura. Ese es otro de los méritos que hay que otorgarle a China. Ella fue quien negó de manera rotunda firmar un papel en que el ejército se desentendía de cualquier tipo de accidente o muerte que pudiera llegar a sufrir su hijo.
Hoy Julio no parece arrepentirse de haber dejado la carrera de aviación pero si lamenta haber renunciado a sus ganas de volar. Según él la vida no le permitió darse con ese vicio. Tenía una familia que atender por lo que ignoró su deseo y, según él, se dedicó a “sobrevivir”. Sin embargo fue tan apasionado como arquitecto como hoy lo es en su vida. Es así que, jubilado y todo, sigue trabajando ad honorem. Es que en la típica jornada laboral de un arquitecto - que va de lunes a viernes desde las 7 de la mañana a las 5 de la tarde- Julio se sentía útil. Por eso cuando lo llaman para colaborar en alguna obra acude impulsivamente.
Aveces su rol como esposo también lo ancla a este planeta. A su manera. Obviamente. Es el día de hoy que hace como tres meses que su mujer Victoria le pidió que arreglara las estufas. Hace poco Julio llegó a su casa con un regalo para ella: un sweater y un par de medias de lana. Así Victoria enfrenta los problemas de climatización en su hogar (con los calcetines y un sweater).
En realidad Julio lamenta decepcionar a su mujer. Sin embargo no lo puede evitar, es fruto de sus limitaciones. Esas que encuentra su cuerpo y que le demandan dedicar su tiempo a sublimar las energías acumuladas. Esas que no le permiten comportarse como lo hacía usualmente y que lo ensimisman tanto en su arte que muchas veces termina pecando de apático. Pero nada más lejos. Porque si hay algo que Julio no es, es ser desinteresado. Y menos por su familia. Sí, en cambio, es desinteresado en sí mismo: un ser libre de todo cálculo racional.
“Gling, gling, gling, gling” es la manera que Julio utiliza para describir un acontecimiento que cambió su vida: el ruido de su pierna cuando golpeaba contra el llavero del auto, mientras manejaba. El primer movimiento involuntario que descubrió su cuerpo. Pensaba que era algo normal. Pero los movimientos continuaron, hasta el día de hoy.
Lamentablemente esos síntomas que en aquel tiempo su cuerpo apenas percibía actualmente se devienen descontrolados e inocultables. Hoy ya sabe lo que tiene gracias a un artículoque publicó La Nación en Abril del 2003: “Movimientos anormales”. A partir de entonces la peculiar manera de lidiar con el parkinson que lo acomete es su vida en tanto creación.